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Necesito tanto que me ayuden
Carlos Cuellar

David Selig escribe una carta de amor, prolongada y pasmosa. Son más de dos cuartillas llenas  a mano en su libreta, con nerviosa letra que asemeja las extremidades temblorosas de un arácnido agazapado en cualquier esquina.

La verdad es que su letra únicamente puede ser traducida por él. Es un código secreto involuntario, pues David no tiene la menor intención de resultar indescifrable y hermético para sus lectores (en este caso lectoras). Al contrario. Tampoco teme que alguien lea a hurtadillas las numerosas cartas románticas y eróticas que redacta y colecciona desde hace dos décadas. Lo que pasa es que su caligrafía es singular en demasía, como él.

No le avergüenza en lo absoluto lo que escribe, ni pretende ocultarlo. Al fin y al cabo sus padres  hurgaban sus cartas desde que él tenía quince años y se iba a la escuela, asombrándose por las aventuras eróticas narradas en ellas.

Su mamá se enorgullecía al enterarse que su hijo era todo un hombre, iniciado y conocedor del sexo. Aunque la mayoría de estas experiencias con mujeres en la intimidad realmente no le pertenecían a él. Selig se las robaba introduciéndose a hurtadillas en la mente de sus compañeras de clase mejor dotadas.

Al escribir sus cartas, siempre coloca papel pasante color morado debajo de la hoja, para duplicarlas automáticamente. En ocasiones sólo se queda con la copia purpúrea, pues el original es enviado a la chica quien es el objeto de su inspiración.

En muchos otros casos el original y la copia quedan guardados para siempre. Pues no se atreve a enviarlas o no considera necesario hacerlo. Sólo constituyen una catarsis, un desahogo, una eyaculación mental que se acaba con el punto final.

La última gota de tinta y semen. Convulsión biológica y  metafórica, húmeda y viscosa, arrojada en su cuaderno impúdico.

La mayoría de sus epístolas no conocieron ni conocerán la confortable oscuridad del buzón de correos, ubicado en la esquina de su lúgubre departamento en Manhatan. De donde las toma un humilde cartero de raza afroamericana, embolsadas en un saco de lona. Antes de enviarlas al remitente de las adoradas féminas, de alguna entre sus tantas musas inspiradoras desde años atrás.

Colecciona sus cartas por orden cronológico, al igual que sus recuerdos eróticos. Fechadas una a una desde su adolescencia y acumuladas ordenadamente como la compilación de un libro de poemas incierto.

La destinataria de hoy se llama Tony. Una mujer alta de cabello castaño, ojos claros. Selig y ella fueron novios durante tres años. A los seis meses de conocerse decidieron irse a vivir juntos, creyendo que el uno y el otro eran el amor de su vida.

Tony creyó que por fin encontraba a un hombre a la vez inteligente, culto y bueno en la cama. Por su parte, Selig  sintió un gran alivio al creer, iluso, que podía contactar finalmente con un ser humano, comprenderlo y ser comprendido.

Pero David Selig posee una pequeña característica, un inconveniente que le dificulta relacionarse con los seres humanos: es capaz de leer sus mentes.

Desde que era un bebé podía introducirse en la mente de sus padres, de los vecinos, de su hermana adoptiva llamada Judith. Captando las que él llama “emanaciones”, que no son más que las vibraciones mentales, deseos, miedos, creencias, anhelos y planes de quienes le rodean. Las cuales David lee como libros abiertos.

David y Tony terminaron su relación porque ella ingirió una dosis de LSD con la intensión de experimentar un viaje ácido. Selig no se atrevió a acompañarla en el viaje ni a engullir su ración correspondiente. Empero, una vez que su chica experimentó los síntomas mentales, se metió en la mente de Tony para captar los efectos de la sustancia, pero en cabeza ajena.

Tony descubrió a través de la droga todo el repudió y asco que se tenía hacia sí misma. El problema es que David fue testigo de su decadencia y autodegradación moral.

Tony pudo verse como en un espejo en el Selig que padecía al igual que ella, los mismos síntomas alucinatorios.

Tony descubrió que David se metió en su mente sin su consentimiento, violando su intimidad. Tras pasársele los efectos del alucine, tomó sus cosas y sencillamente se fue.

2
Robert Silverber se parece en muchas cosas al protagonista de su novela “Muero por Dentro”; David Seligo. Al igual que su alter ego, Selig, el escritor Robert Silverberg parecía leer en las mentes de los editores norteamericanos durante los años setentas y ochentas. Adivinando, intuyendo o leyendo en ellos el tipo de libros y de temáticas literarias que se encontrarían de moda y que aquellos comerciantes literarios estarían dispuestos a pagar.

Se cuenta que Silverberg llamaba durante años a las oficinas de diversos editores en Nueva York preguntándoles por el tipo de libros y temáticas que eran en ese momento más comerciales y redituables. Luego adaptaba la historia en turno que redactaba para que se la compraran. Así sobrevivió, escribiendo libros comerciales, volviéndose un oportunista y haciéndose de cierta fortuna.

En su juventud ganó con “Muero por Dentro” varios premios de ciencia ficción. Ya pasados cuarenta años de su publicación, recuperó parte del ímpetu juvenil que le urgiera a crear una obra absolutamente original. Sin obedecer a las demandas externas de editores ni del mercado comercial de lectores de “best sellers”. Su editor le dijo que la década de los setentas era el momento ideal para publicar una historia fantástica genuina. Y no se equivocaba.

3
Al acompañar a David Selig a lo largo de aquellas páginas angustiantes donde se hunde cada vez más en el abismo de la mediocridad, el lector desciende al Inframundo de un personaje raro, con el que es fácil, a pesar de todo, encariñarse. Escritor fracasado, en extremo culto, domina todos los campos de las ciencias sociales, habla y lee en varios idiomas, posee una biblioteca impresionante dentro de su infecto y oscuro apartamento. Demasiado necesitado del amor estable de alguna chica. También es muy pobre: carente de dinero, de amor y de sueños.

Lo único con que cuenta  en la vida son sus poderes para leer la mente y su fascinación por las mujeres. Quienes lo obsesionan pero también le causan miedo.

Con el paso de los años Selig pierde este poder, así como también pierde su otrora implacable potencia sexual. Cada vez le cuesta más trabajo captar las emanaciones mentales de quienes le rodean y leer sus mentes. También se vuelven más esporádicas sus erecciones, avergonzándolo frente a sus amantes en turno.

A lo largo de su libro, Silverber también nos sugiere que la capacidad para leer la mente está al alcance de todos. ¿Será posible que todos los seres humanos, al igual que David Selig, seamos capaces de captar las emanaciones mentales de nuestros congéneres?

De hecho, todos, en algún momento hemos logrado intuir con precisión lo que pensaban los otros. ¿De qué depende la posibilidad de leer la mente ajena: del desciframiento de sus gestos y postura corporal, de la intensidad o flacidez de su mirada, de nuestra capacidad para descifrar en lenguaje del rostro y las emociones proyectadas en el cuerpo del otro?

Los lectores humanos de mente existen, en mayor o menor grado, habilidad, poder y destreza.

“¡Necesito tanto que me ayudes, necesito tu amor….!” Garabatea exangüe el pobre Selig en su carta. Rogándole a Tony que vuelva con él porque al final de  los efectos del LSD se dio cuenta que la ama y que ella a él también.

Con la última erección que no duró más de cinco minutos, tendido y derrotado en la cama de una chica extraña a la que conoció en la última fiesta y a quien no pudo complacer sexualmente, parece extinguirse la brizna final de su capacidad para leer la mente y para fornicar. Después que se agote su poder psíquico, no le quedará nada más que una relación superflua con su hermana Judith. Hermosa judía y mejor cocinera, más apreciada por sus platillos que por sus encantos. A quien David quisiera arrastrar insestuosamente hasta la cama. Aunque su miembro ya  no se le pare.

En los años ochentas los libros de Robert Silverber dejaron de venderse. Igual que las extintas erecciones y el poder mental de Selig. Los editores le dijeron, antes de negarse a continuar publicándole, que en ésta década la ciencia ficción ya no era rentable.

Bibliografía

  • Silverberg, Robert (1972). Muero por dentro, 1987 edición, Ediciones Martínez Roca.
  • Silverberg, Robert (1972). Muero por dentro, 2001 edición, La Factoría de Ideas
 


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