dyt
fdhjrdyj jaliscoescribe.com fdjdfy
tdyyj
rdj gj j fg fgj dg rhrth
sdhrt
tsjhsft
df
sfh
xdh
dg
j
jdf
jd
j
Adobe Reader
Bunker Media
x3m.com.mx
dfsd
rt
yjktk
 
 
 

 

 
cgj
 

  >Ensayo y
Opinión
>Análisis >Prosa y Poesía >Columnas  
 

 

 


Chilechet (La vuelta de la derecha o su continuación en el poder)
Irlanda Y. Tostado Jiménez

Chile es un país que amo profundamente. Algo se me fue impregnando al recorrer los muelles de Valparaíso, los barrios de Santiago y los pueblos del Sur.

Cuando me enteré del terremoto, lo primero que pensé fue contactar a mis amigos para asegurarme de que estaban a salvo. Por fortuna todos lo estaban, sin embargo, todos coincidían en que algo peor que el terremoto estaba a punto de ocurrir. Todo se volvió claro cuando recordé que el 11 de Marzo, Sebastián Piñera tomaría el cargo como presidente de la República Chilena.

“La vuelta de la derecha, ¡Qué tragedia para Chile!” Escuchaba decir entre mis amigos. “Todo lo que nos costó sacar la mierda de este país para que ahora vuelva con pompas y fanfarrias”, decían otros, “No puedo creer que cuatro años de mi juventud tendré que vivirlos bajo el gobierno de Piñera… ¿Es que no lo sabes? El empresario más rico de Chile ¡Tomando las riendas del gobierno!”

Mientras los escuchaba, pensaba en que esa tragedia hacía mucho que embargaba a mi propio país. México gobernando desde hace dos décadas por empresarios que administran el país como si fuera una de sus empresas: Salinas, Fox, Calderón y los poderes fácticos, los lobbys empresariales…luego pensé que sería como si Carlos Slim hubiese ganado las elecciones del 2011. ¡Sí que es una tragedia!.

Para muchos chilenos, el triunfo de Piñera significa no solo la vuelta de la derecha, sino la vuelta de la vieja guardia pinochetista: El mismo “pinocho”-dirían los chilenos- que muerto ya, recobra vida a través de los herederos de su ideología y férreos defensores de su proyecto de nación, más específicamente, a través de Piñera y la coalición de partidos de derecha que éste representa.
¿Pero se trata realmente de una vuelta de la derecha? ¿O no es más que una continuación de su permanencia en el poder?

Hasta el 10 de marzo de 2010, había venido gobernando La Concertación de Partidos para la Democracia, una coalición de partidos de centro izquierda de cuyas filas salió Michelle Bachelet. Esta coalición llegó a la presidencia en 1990 tras la derrota que significó para Pinochet el plebiscito por el que los chilenos votaron por el “no” a su reelección por ocho años más. La Concertación significaba entonces el cambio, la esperanza, la vuelta a la democracia y a las libertades negadas durante 17 años de dictadura y represión.

Sin embargo, lo que los chilenos no vieron –o no quisieron ver- es que La Concertación llegó al Palacio de la Moneda –sede del poder ejecutivo- a través de una serie de negociaciones con la derecha, de la que se excluyó al resto de los partidos de oposición. Lo que los chilenos vieron –o querían ver- es que la Concertación significaba el fin de la dictadura y el inicio de la transición hacia la democracia.

Yo llegué a Chile en 2005 con la promesa de encontrarme a un país libre de la dictadura, que contaba con las mejores cifras macroeconómicas en Latinoamérica, cuyo crecimiento se mantenía en ascenso, un país de pocos habitantes con una excelente calidad de vida, con un PIB per cápita dos veces superior al de México, en fin, un país que según el FMI era el modelo a seguir no solo en América Latina, sino en todo el mundo.

Pero al recorrer las primeras calles me encuentro con un país increíblemente ordenado, cuya seguridad estaba a cargo de unos tipos altos, bien parecidos, de verde investidura similar a la de los militares: “son los pacos” nos dijo el chofer del taxi, es decir los policías, ¿Simples policías vestidos como militares? –me pregunté-.

Llego a la Universidad y me encuentro con alumnos ordenados, poco participativos; cuyas clases eran más bien cátedras en las que el maestro habla y el alumno escucha: “Hay profes que llegan a los salones de clase, los de filosofía o literatura y nos dicen desordenémonos un poco, hagamos grupos, conversemos, pero son pocos, y uno que está acostumbrado a un orden establecido lo encontramos raro, pero llega un chico de intercambio y lo encuentra normal”. –Me comentaba José Alejandro, compañero de la Universidad de Valparaíso- “Pero imagina lo que fue vivir 15 años con miedo a hacer cualquier cosa y ser acusado como comunista, porque eso significaba, en el mejor de los casos ser torturado”.

Luego en mi primer salida a los bares de Valparaíso, me encuentro conque en el clímax de la noche todo se transforma para dar paso a “la hora nacional” donde lo único que se programa es música de bandas chilenas cuyas letras son de contenido político. De pronto, acaso sin darme cuenta, me encontraba brincando entre los chilenos, contagiada de su euforia y patriotismo, gritando repetidas veces: “¡El que no salte es Pinochet!”.

Llega el 18 de Septiembre, día de la independencia chilena, mismo que conmemoran con un gran desfile, claro, un desfile que más bien parecía un despliegue del poderío de las Fuerzas Armadas. Al ver mi admiración un amigo me comenta: “Increíble ¿no? Chile invierte el 10% de su PIB en las Fuerzas Armadas”, es decir, lo mismo o hasta un poco más de lo que gastaba Pinochet para sostener una dictadura de corte evidentemente militar. Definitivamente era increíble. Luego agregó: “Si tan solo un 1% de ese décimo lo invirtieran en gasto social, se solucionaría el problema de la educación”.

¿Cuál problema? El de la LOCE, la Ley de Educación que promulgó Pinochet el último día su mandato, por la que se privatiza la educación. En efecto, en Chile la educación pública no existe. Me sorprendió darme cuenta que mis compañeros de la Universidad de Valparaíso, supuestamente pública, pagan alrededor de diez mil pesos al año.

La salud pública tampoco existe. La Constitución establece que el Estado tiene la obligación de coordinar y controlar el sistema de salud, repito “coordinar y controlar” más no de “proveerlo”. “A eso se le llama…¿neoliberalismo?” –pensé-
Así las cosas. Me encontré una sociedad sumamente politizada pero igualmente polarizada, se es de izquierda o se es de derecha, se defiende a Pinochet o se añora a Allende. Me encontré conque la constitución de 1980 continúa en plena vigencia. ¡La constitución que legalizó el aparato político y económico de la dictadura aún vigente!.

Mayor fue mi sorpresa cuando descubrí que ese país que se vanagloriaba de situarse en los primeros lugares entre los países con mayor libertad económica a nivel mundial, se encontraba en los últimos lugares en cuanto a distribución de la riqueza. El país del mayor crecimiento económico en América Latina, mantenía a la mitad de sus habitantes viviendo en la pobreza. Un país con 23 millones de tarjetas de crédito para 14 millones de habitantes.

Me encuentro entonces a una sociedad donde el neoliberalismo se encuentra fuertemente enraizado. “¡Pero si ese era justo el proyecto de nación de Pinochet!” – pensé - Destruir todo lo que oliera a comunismo para sentar las bases del neoliberalismo de manera definitiva. Valga decir que Chile fue el primer país en implementar este modelo económico en todo América Latina, fue el tubo de ensayo de los creadores del modelo, los llamados “Chicago Boys” de la escuela de Harvard, a quienes Pinochet entregó el país.

“¿Dónde está entonces el cambio? ¿De qué transición se trata?” Me preguntaba yo aquél 2005 bajo el gobierno de la Concertación representado por Ricardo Lagos y con una Michelle Bachelet recientemente electa.

Llega entonces 2010 con el triunfo en las elecciones del empresario más influyente de Chile, Sebastián Piñera, dueño de la cadena de televisión más importante del país y con acciones mayoritarias en la aerolínea LAN Chile, entre otras cosas. ¡Claro! En un país donde el neoliberalismo se encuentra tan afianzado, ¿por qué no iba a ganar un empresario?

¿Cuál es la diferencia entre votar por el candidato de la coalición de partidos de centro izquierda o el candidato de la coalición de partidos de derecha, si ambos defienden el neoliberalismo a ultranza?

Entonces podemos concluir, que el triunfo de Piñera no significa la “terrible” vuelta de la derecha al poder, sino la perpetuación de la misma. Pinochet sigue vivo a través de su constitución vigente, de sus “pacos” vestidos como militares, del orden en sus calles, de su ley de educación en las escuelas, a través de su modelo económico neoliberal ahora más vigorizado que nunca. La diferencia es que ahora después de 20 años del engaño de la Concertación en el poder, los chilenos empiezan a darse cuenta.

Y es que el terremoto más que un desorden de la tierra, en palabras de Oscar Bustamante investigador chileno, significó un desorden en la concepción que las personas tenían de sí mismas y de su país.

El terremoto reveló al verdadero Chile, el de los siete millones de pobres, el de la polarización social y económica, el de los habitantes endeudados hasta el cuello con 23 millones de tarjetas de crédito, el de una precaria distribución ende riqueza y lo que es peor aún, del Chile triste que aún sufre las consecuencias de 17 años de dictadura en la que se resquebrajó la identidad de las chilenos para ser sustituida por otra, dibujada bajo la sombra de un solo hombre que manejó sus destinos, que les dijo qué leer, qué estudiar, cómo pensar, cómo vivir.

“Dicen que somos grises” me decía Juan Pablo Briones, compañero de la U de Valparaíso, “lo que pasa es que este país siempre ha estado gobernado por la burguesía y por eso nunca se ha sido realmente feliz en este país”.

“Chile es un país de luto”, me decía Valentina, compañera de la carrera de Sociología.

Fue entonces que comprendí por qué algunos se referían a Chile como “Chilechet”.

Irlanda Yamili Tostado Jiménez

 


dsthsft
dshsf dshsrt dthsft
yjtyg
dthrf   gyjf
thtrh